Campamento de integración de Menudos Corazones: una semana en la que la cardiopatía pasa a un segundo plano
Del 18 al 25 de julio, 65 niños, niñas y adolescentes vivieron una nueva edición del campamento de integración de Menudos Corazones en la Granja Escuela Albitana, en Brunete (Madrid).
Una semana de piscina, excursiones, veladas, amistades nuevas y reencuentros y de la que, como cada año, volvieron con las maletas más llenas de lo que llegaron: repletas de aventuras, aprendizajes y vínculos que refuerzan su confianza y su autoestima.
Julia, una de las trabajadoras sociales de Menudos Corazones, resume muy bien esta gran experiencia: «Los 65 campistas se llevan la sensación de haber encontrado un lugar en el que han sido comprendidos, en el que no tienen que explicar constantemente lo que viven debido a su cardiopatía congénita y en el que descubren que no son los únicos». Y ella también se lleva lo suyo: «Sus sonrisas, sus historias, sus abrazos y la satisfacción de saber que durante una semana hemos conseguido que sean simplemente eso: niños, niñas y adolescentes disfrutando, haciendo amigos y siendo felices», el objetivo claro de este campamento desde sus orígenes.
Un único campamento para todas las edades
La gran novedad de este año fue el formato. Durante mucho tiempo, la Fundación organizaba dos campamentos separados: uno para niños y niñas de 7 a 14 años en una granja escuela de la Comunidad de Madrid y otro para adolescentes en una ubicación con playa. Esta edición, a diferencia de las anteriores, reunió a todas las edades —de 7 a 17 años— en un mismo lugar.
«Al principio nos daba un poco de miedo cambiar a los adolescentes de la playa a una granja escuela —reconoce Julia—. Después de tantos años, no sabíamos cómo iban a recibir el cambio. Sin embargo, el nuevo formato superó las expectativas«.
Por un lado, cada grupo mantuvo su propio programa: los adolescentes salieron fuera prácticamente todos los días, con visitas a un parque de agua, kayak en el pantano de San Juan o una cena en el pueblo. Y, por otro, todos coincidieron en algunos momentos que resultaron ser muy especiales como en la excursión a la Boca del Asno, que ambos grupos hicieron juntos. «Los adolescentes interactuaron muchísimo con los pequeños e hicieron como si fueran monitores y monitoras —cuenta Julia—. Llevaban los picnics, ayudaban a cruzar el río, los cogían en brazos cuando lo necesitaban… Fue precioso ver cómo se cuidaban y disfrutaban juntos».

También fue el grupo de adolescentes quien preparó la velada de una de las noches para todo el campamento. «Les encantó asumir ese papel de mayores y sentirse responsables. Aprovechaban incluso los descansos después de comer para seguir organizándose», recuerda Julia. Al día siguiente, eran los propios pequeños quienes contaban entre risas cómo se habían disfrazado los mayores y todo lo que habían hecho; convirtiéndose en sus referentes.
«Aquí somos todos iguales»: dejar de sentirse diferentes, únicos
Si hay algo que distingue al campamento de Menudos Corazones es que los niños, niñas y adolescentes con cardiopatía congénitas dejan de sentirse las únicas personas que viven lo que viven.
Es un cambio que se va construyendo día a día: «Se nota cuando participan en las actividades sin miedo a ser juzgados, cuando se ayudan, cuando comparten experiencias de una manera abierta, con confianza. La cardiopatía deja de ser algo que les diferencia o que tienen que explicar y pasa a formar parte de una realidad compartida, que se vive con naturalidad dentro del grupo».
Lo dicen mejor que nadie sus protagonistas. «En el campamento de Menudos he aprendido que aquí somos todos iguales«, resumía una participante. Y otra: «Cuando era pequeña, yo pensaba que era la única que tenía un problema en el corazón, y aquí he aprendido que no. Aquí es muy fácil entenderse y hacer amigos y amigas».

Actividades adaptadas sin señalar
¿Qué se hace en el campamento que sería difícil llevar a cabo en un entorno de ocio ordinario? «En cierto modo, todo», responde Julia. La diversidad forma parte de la realidad de nuestros campamentos y se tiene en cuenta desde el momento de la preparación. La diferencia está en que el equipo de coordinación y monitores conoce la problemática de las cardiopatías congénitas y las actividades que se planifican se adaptan a las necesidades y circunstancias de cada participante, intentando que sean lo más inclusivas posible y que nadie se quede fuera.
Adaptar sin señalar es la clave. Siempre respetando las decisiones y los límites de cada campista. Si en la piscina hay quien no quiere meterse en el agua, nunca se le obliga, pero se busca que siga formando parte del grupo con otra actividad. «Se trata de ofrecer alternativas sin hacer que nadie sienta que está haciendo algo diferente por su cardiopatía. Si no quiere bañarse puede por ejemplo jugar a las cartas», apunta Julia. El objetivo es que, con los apoyos que necesite en cada momento, cada participante pueda formar parte de la experiencia.

Un equipo sanitario durante todo el campamento
A la adaptación de las actividades se suma un elemento decisivo, y el que más tranquilidad da a las familias: la presencia permanente de personal sanitario. Una médica y una enfermera pernoctan en la granja, supervisan la salud de los participantes y administran la medicación. Su papel permite, además, que puedan asistir niños y niñas con necesidades médicas más complejas, que en otro contexto tendrían mucho más difícil disfrutar de una experiencia así.
Lo llamativo es cómo lo hacen. «El personal sanitario se integra completamente en la dinámica del campamento; muchas veces parece que son dos monitoras más. —describe Julia—. Participan en las actividades, se bañan en la piscina y, al mismo tiempo, están pendientes de las necesidades sanitarias, pero desde la confianza y respetando la autonomía de cada chico o chica. No están constantemente encima ni hacen que nadie se sienta observado o diferente: están ahí cuando se les necesita, de manera muy natural».
Para las familias supone una enorme tranquilidad saber que sus hijos e hijas están cuidados por profesionales que conocen sus necesidades. Y para los niños, niñas y adolescentes, el resultado es que viven el campamento como lo que realmente es: «un campamento, no un hospital».

Hermanos y hermanas: una mirada que cambia
Al campamento no solo van niños y niñas con cardiopatía. También, si lo desean, pueden participar sus hermanos, hermanas, primos, primas y amistades. Porque la cardiopatía congénita no afecta solo a quien la tiene, sino a toda la familia.
«Compartir el campamento con otras personas que viven realidades similares les permite comprender la situación de sus hermanos y hermanas desde otra perspectiva —explica Julia—. Y descubren que no son los únicos que conviven con una cardiopatía». Entre quienes acompañan también se crean espacios para compartir dudas y sentimientos: ellos y ellas también dejan de sentirse las únicas personas en su situación.
Amistades que perduran y la confianza del grupo
Muchos participantes repiten año tras año, y los reencuentros son, en una palabra, emotivos. «Me encanta ver las sonrisas, los abrazos y la alegría cuando vuelven a encontrarse después de todo un año —cuenta nuestra trabajadora social—. Muchas veces parece que no hubiera pasado el tiempo y que simplemente retoman su amistad donde la dejaron».
Esos vínculos no terminan cuando acaba la semana. La mayoría mantiene el contacto durante el resto del año a través del teléfono y las redes sociales, algo especialmente valioso porque estas amistades viven repartidas por toda España y el campamento suele ser el principal momento del año en que pueden verse en persona. Se han llegado a formar grupos que después se van de vacaciones juntos.
Pero antes de que nazca la amistad hay algo que se construye día a día: la confianza. Y se nota especialmente en quienes vienen por primera vez. «Recuerdo a algún adolescente que el primer día subió al autocar con timidez, con miedo a no encajar. Unos días después se le veía mucho más seguro y suelto, disfrutando de las nuevas amistades», relata Julia. Con los niñas y niñas más pequeños ocurre lo mismo: «Al principio algunos necesitan más tiempo para adaptarse y encontrar su lugar, pero poco a poco van estableciendo vínculos, ganando confianza y sintiéndose parte del grupo. Al final del campamento se las ve con mayor seguridad y autonomía».
Ese es, para Julia, uno de los grandes aprendizajes que se llevan a casa: descubrir que no están solos ni son los únicos, y sentirse parte de un grupo en el que cada persona encuentra su lugar. Lo confirmaba la madre de un participante que iba por primera vez: «Mi hijo se ha sentido querido y refiere que ha podido ser él todo el tiempo, sin miedo a que le juzguen o le rechacen. Regresa muy motivado y con ganas de aprender cosas nuevas».

La seguridad, siempre por delante
Este año el campamento tuvo que terminar unas horas antes de lo previsto por precaución ante un incendio cercano. La mañana había transcurrido con total normalidad —los grupos con sus actividades, la piscina, incluso la visita de la empresa CESCE—, pero al mediodía empezó a llegar información sobre el avance del fuego (que terminó afectando gravemente las provincias de Ávila, Madrid y Toledo) y el confinamiento de algunos municipios próximos.
«En una situación así, las condiciones médicas de nuestros niños, niñas y adolescentes hacían especialmente importante priorizar la seguridad y evitar cualquier riesgo innecesario», explica Julia.
Gracias a quienes lo hacen posible
Un año más, el campamento ha sido posible gracias al compromiso de Cesce, cuyo importante apoyo permitió que este proyecto volviera a hacerse realidad. El último día, varios miembros de la entidad se acercaron al campamento para conocer de primera mano las experiencias que viven los campistas, llevándose unas bolsas que con mucho cariño e ilusión les habían preparado. ¡Muchísimas gracias, CESCE, por vuestro compromiso.
Además, también han respaldado esta actividad MathWorks y CIMD.
A todas ellas, ¡gracias de corazón!
